¿Tu madre cocina siguiendo fielmente el método que aprendió de su propia madre (tu abuela)?

¿Sigues conservando la costumbre de la cocción lenta del garbanzo junto a la gallina que logra el mejor y más nutritivo caldo?

¿Abogas por el uso de las frutas y verduras frescas y de temporada para elaborar energizantes zumos y jugosos revueltos?

¿Tienes por costumbre acudir una vez a la semana a casa de tu madre a degustar una tortilla de patatas insuperable?

¿Sigues fiel a la costumbre de reunir a la familia los domingos para tomar todos juntos una gran paella?

¿Te gusta preparar las torrijas que cada Semana Santa ocupan un lugar destacado de tu agenda, tal y como prevalece en la tradición familiar?

Si has contestado SÍ a algunas de estas preguntas debes saber que formas parte de ese grupo de la población que defiende y mantiene intacta la esencia de la dieta mediterránea.

Hoy vamos a centrar nuestro objetivo en acercar la dieta mediterránea a aquellas personas que, o bien no la conocen (por salto generacional) o lo que desconocen es la interminable lista de ventajas y beneficios, tanto físicos y psicológicos como socioculturales, que proporciona a quien la adopta como filosofía de vida.

¿Qué es la dieta mediterránea?

Para definir la dieta mediterránea con precisión y de una manera sencilla y fácilmente entendible por cualquiera, nada mejor que acudir a la web oficial de la Fundación de la Dieta Mediterránea para obtener una magnífica descripción de esta tradición:

“La dieta mediterránea es una valiosa herencia cultural que representa mucho más que una simple pauta nutricional, rica y saludable. Es un estilo de vida equilibrado que recoge recetas, formas de cocinar, celebraciones, costumbres, productos típicos y actividades humanas diversas.”

Alto y claro.

La dieta mediterránea está presente en nuestra vida, en mayor o menor grado; es parte de nuestro ADN.

Si bien nuestro estilo de vida actual impone otras formas de conseguir y preparar los alimentos, no renunciamos por completo a ella y acudimos a nuestro pasado reciente siempre que podemos: al viajar como turistas, al regresar al pueblo en vacaciones, al visitar a un familiar cercano, etc.

¿Qué países se engloban dentro de la dieta mediterránea?

La dieta mediterránea subsiste en países como España, Francia, Grecia, Italia, Malta y Portugal

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Características de la dieta mediterránea

Lo que caracteriza a nuestra dieta mediterránea es su sencillez, circunstancia que no está reñida con una gran riqueza nutricional.

La sabia mezcla de alimentos y sus distintos nutrientes da como resultado un combinado de sabores único y con propiedades altamente saludables que responde, ante todo, al peso de la cultura de una sociedad que ha mantenido inalterable, generación tras generación, un método propio de obtener, elaborar, consumir y conservar los alimentos, respetando al máximo el ciclo de vida natural de éstos: desde su punto de origen al paladar.

Las pautas dietéticas de las civilizaciones mediterráneas contemplan como base de su cultura gastronómica:

– Los productos origen de la huerta: frutas, verduras, hortalizas y legumbres
– El caldo de la uva: el vino, en cualquiera de sus variedades y añadas
– Los productos y subproductos de origen animal: huevos, leche y derivados y carne
– El consumo regular de pescado, preferentemente pescado azul
– Los frutos secos
– La aceituna y su fruto más preciado: el aceite de oliva. La más laureada grasa vegetal.
– Pan y cereales. Tradicionalmente elaborados partiendo del grano entero, posteriormente con una clara tendencia a la materia base procesada y en la actualidad recobrando la importancia de consumir nuevamente su versión integral.

La dieta mediterránea es un ejemplo de equilibrio y riqueza nutricional, y el pilar sobre el que tradicionalmente se sustentaba la excelente salud de su población.

De hecho, la adopción de otras culturas alimentarias han ido mermando la esperanza de vida al aumentar considerablemente el número de patologías asociadas a un desequilibrio en nutrientes, con un claro protagonismo de las grasas saturadas en detrimento de los alimentos frescos y de temporada como frutas, verduras y hortalizas.

La masiva migración del medio rural a las ciudades contribuyó también a que las exigencias energéticas en la actualidad sean mucho menores y ha exigido una readaptación de la dieta mediterránea.

Pero además del componente dietético propiamente dicho, la tradición mediterránea ha contemplado SIEMPRE la actividad física como elemento intrínseco a su cultura.

El ejercicio del pastoreo, que obligaba a realizar largas caminatas por el monte; o las faenas en la casa de campo, que comenzaban con la salida del sol y que contemplaban labores agrícolas (de arado, siembra y recogida) y ganaderas (limpieza de los establos y ordeño). Todas estas exigencias físicas permitían antaño una menor restricción calórica.

A estas tareas había que añadirles la necesidad de contar con suficientes reservas de energía para afrontar la vida en el medio rural: unos inviernos mucho más duros, pocos medios de transporte (lo que obligaba a desplazarse a pie, tirando de un carro y un animal de carga) y una escasa adaptación de las viviendas a las inclemencias climatológicas.

En la actualidad pervive en nuestra mentalidad ese afán por mantener un buen estado de salud gracias a la riqueza y salubridad de nuestros alimentos mediterráneos  y por acompañar la correcta nutrición con una práctica regular de ejercicio físico.

Seguimos adorando las caminatas por el campo, que han ido dando origen al senderismo, y los paseos en bicicleta por senderos, puertos de montaña o caminos vecinales, como forma de seguir en contacto con la madre naturaleza y conocer otros parajes, antes llenos de vida.

Continuar siendo fieles a nuestra rica tradición mediterránea, con las oportunas adaptaciones a cada necesidad, es el mejor seguro de salud posible. Un aval de vitalidad y felicidad que, por otro lado, deberíamos poder seguir transmitiendo a las futuras generaciones.