“Tengo mucho estrés”. Esta es una frase que en nuestros días se repite a menudo, tan a menudo que se ha hecho habitual pronunciarla por, prácticamente. la totalidad de la población.

Quizá lo más preocupante es conocer el dato de que las situaciones de angustia y nerviosismo acusado empiezan a hacerse evidentes en edades cada vez más tempranas.  ¿Pasan nuestros niños y jóvenes por situaciones de la vida cotidiana potencialmente estresantes? ¿Son en realidad conductas adquiridas de su entorno más cercano?  Hoy vamos a conocer muchos de los factores desencadenantes del estrés y a poner el punto de mira en el hecho de controlarlo adecuadamente.

¿Qué es el estrés?

Por estrés se conoce a la respuesta biológica de un organismo frente a una situación amenazante.

Bajo esta denominación, que puede tener diversas manifestaciones fisiológicas, subyace una serie de reacciones químicas que comienzan a nivel cerebral y que terminan por desencadenar diferentes efectos en el organismo que, de mantenerse en el tiempo, pueden perjudicar seriamente el equilibrio físico y emocional del individuo.

Consecuencias del estrés

Ante una situación estresante, la reacción inmediata del cuerpo se traduce en un incremento en los niveles de un neurotransmisor, concretamente catecolamina, lo que provoca que aumenten pulso cardíaco, presión arterial y nivel de insulina.  Los sentidos, a su vez, se agudizan.

Un hecho cotidiano puede generarnos estrés (girar bruscamente el volante como consecuencia de un animal que se cruza en la carretera, por ejemplo), desatando la reacción fisiológica necesaria para provocar un estado de alerta momentáneo y que remitirá sin mayores consecuencias.

Sin embargo, la sociedad del siglo XXI vive inmersa en una vorágine de dificultades (grave crisis económica, elevadas cifras de desempleo, alta competitividad en el entorno laboral y académico, exceso de responsabilidades, etc.) que logran transformar el entorno en un medio amenazante, originando un mayor número de casos de estrés.

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A medio y largo plazo, el cuerpo empieza a acusar las consecuencias de un entrés que se mantiene en el tiempo:

•    Cansancio físico
•    Irritabilidad
•    Sensación de ahogo
•    Rigidez en el cuello y dolor cervical
•    Dificultad en la concentración
•    Insomnio
•    Dolor de cabeza
•    Excesiva preocupación (sobredimensión) por pequeños problemas cotidianos
•    Falta de autocontrol
•    Ansiedad
•    Depresión
•    Desmotivación
•    Inapetencia
•    Problemas en el sistema digestivo (gastritis, úlceras)
•    Nerviosismo intenso
•    En el peor de los escenarios, puede provocar una angina de pecho, incluso un infarto agudo de miocardio.

¿Cómo se controla el estrés?

Un estrés cotidiano es, no solo inevitable sino también necesario.  Cierto nivel de alerta mejora nuestras capacidades cognitivas, aumenta nuestros reflejos y puede, incluso, incrementar nuestra fuerza física.

Esos son los motivos por los cuales, por ejemplo, a diario nos damos prisa por no llegar tarde a una cita importante, nos apartarnos rápidamente para evitar que nos caiga un objeto desde un balcón, ganamos un partido o entregamos un trabajo a tiempo.

El problema surge cuando el individuo se muestra incapaz de adaptarse a las presiones de su entorno, ya que carece de una respuesta de reajuste ante situaciones estresantes, tengan o no un carácter excepcional.

En el día a día puede trabajarse para minimizar todo lo posible las circunstancias que nos empujan a aumentar nuestro nerviosismo e ir a toda prisa.

Organizarse bien; evitar cargarse de demasiadas obligaciones; priorizar las tareas más importantes en favor de otras menos trascendentales; realizar varios descansos a lo largo de la jornada para despejar la mente; llevar a cabo actividades de ocio y distracción, o delegar en otras personas los asuntos menos importantes, son maniobras útiles para afrontar el estrés desde el enfoque de mantener nuestra vida relativamente bajo control.

La meditación, una buena alimentación,  el descanso y el deporte son, a día de hoy, amigos inseparables de la prevención activa del estrés.

El ejercicio físico libera la tensión acumulada, fortalece el sistema cardiovascular, mantiene fuertes huesos y músculos, disminuye la percepción del dolor, mejora el estado de ánimo, relaja e induce a un sueño reparador.  Es un agente preventivo en toda regla del estrés al trabajar sobre las principales manifestaciones que dicho estado desencadena en el organismo: ansiedad e irritabilidad, tensión muscular, dolor de cuello y  tensión mandibular, trastornos del sueño o aumento de la presión arterial.

Aun así, pueden darse casos en los que el estrés se convierta en una situación crónica, al prolongarse en el tiempo (meses, incluso años),   y demandar la actuación del profesional (o profesionales) de la salud para limitar la intervención severa del estrés en el organismo.

Ante la aparición de manifestaciones graves, tanto físicas como psicológicas, directamente asociadas al estrés  se hace necesaria la puesta en marcha de diferentes programas, técnicas, y métodos curativos  para, por un lado, ser capaces de disminuir el número de estresores (estímulos capaces de provocar una situación de estrés), mejorar los mecanismos de autodefensa para una mejor respuesta al estrés por el otro y, por último,  revertir la situación limitante y de desgaste en la capacidad  para actuar de forma natural ante una demanda de recursos suficientes para afrontar situaciones de angustia.

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El estrés en la infancia y adolescencia

Nuestros menores sufren, por las imposiciones sociales y educativas de nuestro tiempo, situaciones de estrés con bastante frecuencia.

Sometidos a horarios leoninos en lo que a obligaciones se refiere, apenas tienen tiempo para desconectar con actividades de ocio, y son conducidos –desde bien temprano- a rivalizar con sus iguales de un modo excesivo hasta en las tareas que deberían proporcionarles goce y diversión, lo que se traduce en un comportamiento de excesiva competitividad en la edad adulta, añadido al sentimiento de culpa cuando no puede hacerse frente a una gran responsabilidad (la mayoría de las veces autoimpuesta).

Es un asunto muy serio que debería llevarnos a los adultos a reflexionar sobre nuestro modo de educar a las próximas generaciones.

Recuerda bien:

-El estrés es una situación, en su justa medida, estimulante para el organismo. Nos permite estar alerta ante situaciones peligrosas y de alta exigencia y puede, incluso, salvarnos la vida.

-No todas las personas reaccionan de idéntico modo a una misma situación estresante.

-El estrés NO puede subestimarse. Que sea bastante habitual no le resta importancia. Es necesario poner el foco de atención en el momento en que limite la vida de la persona, hasta tal punto que le ocasione trastornos físicos y emocionales de especial importancia.

-El tratamiento del estrés puede trabajar en varios frentes; sin embargo, el objetivo es siempre conseguir una respuesta (tanto física como psicológica) adecuada ante situaciones amenazantes: autocontrol.

-Llevar unos hábitos saludables contribuye a mantener a raya el estrés agudo, el más común de estos estados.

Esperamos que estos consejos te ayuden, y –sobre todo- que no te veas en el momento de necesitar solucionar un estrés crónico.

Cuéntanos, ¿cómo afrontas el día a día para controlar las continuas prisas, la responsabilidad y la falta de tiempo? Te esperamos para conocer tu experiencia y tu punto de vista.