Abandonar el sedentarismo y comenzar a hacer ejercicio físico es una de las mejores decisiones que pueden tomarse en la vida. Y todo aquel que lo ha llevado a la práctica lo sabe bien.

El deporte no solo nos proporciona innumerables beneficios físicos y psíquicos en el día a día, sino que actúa como agente preventivo de numerosas enfermedades en el corto, medio y largo plazo.  Por ello, no es extraño escuchar a profesionales de la salud afirmar que hacer ejercicio es una de las mejores terapias contra todo tipo de enfermedades y disfunciones, tanto físicas como mentales.

Si estás acostumbrado/a a hacer deporte al aire libre, de sobra sabes que en los días de lluvia, frío o condiciones climatológicas adversas te sientes incómodo/a, incluso de mal humor,  y estás deseando que vuelva el buen tiempo para disfrutar de una jornada de actividad física en el exterior.

Además de servirnos como elemento socializador, el deporte tiene comprobados efectos positivos en nuestro estado de ánimo, pero también sobre el estrés, la tolerancia al dolor, la calidad y cantidad de nuestro sueño y el control de nuestras emociones, ya que diversos neurotransmisores se encargan de ello.

Ahí tienes la explicación a ese descontento y malestar los días en los que, por cualquier motivo, no puedes ponerte en marcha cuando y como tú quisieras.

No obstante, hay ocasiones en las que el deporte pasa, de ser una diversión saludable, a convertirse en una peligrosa obsesión. Los expertos, que suelen dar un nombre a todos los trastornos que se han convertido en frecuentes en nuestra era, han denominado a dicho desorden dismorfia muscular, más conocida coloquialmente como vigorexia.

El deporte no solo nos proporciona innumerables beneficios físicos y psíquicos en el día a día, sino que actúa como agente preventivo de numerosas enfermedades en el corto, medio y largo plazo.

Conociendo la vigorexia

La vigorexia, si bien guarda muchas similitudes con las manifestaciones de la anorexia nerviosa: marcada preocupación por el físico, distorsión de la imagen corporal, control excesivo de la ingesta de alimentos, depresión, aislamiento social, etc., presenta algunas diferencias con respecto a esta:

– Suele detectarse con mayor frecuencia en hombres (al contrario que la anorexia, que suele tener mayor incidencia en el sexo femenino), si bien el número de mujeres con vigorexia está aumentando significativamente.

– La vigorexia exige a quien la padece una mayor masa muscular. Se manifiesta una clara obsesión por lucir un cuerpo muy musculado y nunca se encuentra un techo.  En cambio, en la anorexia la obsesión se centra en estar delgados a toda costa, persiguiendo unos cánones de belleza establecidos socialmente, por lo general un cuerpo excesivamente delgado. La persona con anorexia se muestra incapaz de encontrar un peso dentro de un rango saludable, y manifiesta una apariencia débil y enfermiza.

– El vigoréxico centra toda su jornada en la actividad física intensa (a veces extenuante) para la mejora del tono muscular, que cree es insuficiente. En la anorexia, la práctica de intenso ejercicio físico tiene como meta el mayor gasto calórico posible.

– En la vigorexia, la inmensa mayoría de las veces, se recurre a la toma de anabolizantes para ayudarse a obtener resultados en el menor plazo de tiempo. Al contrario de lo que ocurre en la anorexia, donde se consumen en exceso productos laxantes, saciantes y diuréticos que se piensa contribuyen a una rápida pérdida de peso.

Perfil y síntomas

El vigoréxico es, por lo general, un varón joven que se sitúa en una franja de edad que va de los 15 a los 35 años.

Comienza acudiendo al gimnasio con el deseo de ganar un poco de masa muscular; sin embargo, con el tiempo va mostrando un claro descontento con los resultados que obtiene y quiere más. Considera que su volumen muscular es insuficiente y eso le lleva a incrementar sus sesiones de entrenamiento con el fin de calmar su constante insatisfacción.

Se adentra en un círculo vicioso y obsesivo: ejercicio-insatisfacción-ejercicio.

La actividad física intensa, además de la ingesta de químicos para el aumento de la masa muscular, se convierte en el eje de su existencia. Pierde el contacto con su entorno más cercano (estudios, familia, trabajo y vida social), necesitando invertir cada vez más tiempo en el entrenamiento para obtener el mismo grado de satisfacción.

 La falta de entrenamiento, por cualquier causa, se exterioriza en una ansiedad desmesurada.

La excesiva preocupación se extiende del gimnasio hasta la mesa. El vigoréxico busca, a toda costa, una dieta rica en proteínas e hidratos de carbono, eliminando drásticamente las grasas de su ingesta diaria.

Bajo la manifestación clínica de una vigorexia subyace un problema importante de autoestima. Socialmente, la práctica de actividad física y llevar una dieta controlada se consideran hábitos beneficiosos, por lo que a veces cuesta descubrir una dismorfia muscular en dichos comportamientos; así que cuando se detecta ha podido ya adquirir una magnitud importante.

Como cualquier otro trastorno dismórfico corporal, la vigorexia tiene un tratamiento a varios niveles, donde diversos especialistas deben trabajar en conjunto para reconducir una conducta compulsiva y obsesiva que tiene, si no se trata, graves consecuencias psíquicas y físicas.

Detectarla a tiempo es posible; más difícil es prevenirla, por lo que vigilar cambios de comportamiento (frente al deporte, la dieta, las relaciones sociales, etc.) puede dar serias pistas sobre el inicio de un problema que en su fase inicial es más fácil de tratar.